Dentro del programa del Congreso de EuropeActive realizada en FIBO, asistí a una de las keynotes más ambiciosas y conceptualmente exigentes del evento: “Longevity – Redefining the Future of Fitness”. La sesión no planteó la longevidad como una tendencia más dentro del wellness, sino como un cambio de marco estratégico para toda la industria. La idea central era difícil de ignorar: el futuro del fitness ya no puede definirse únicamente en términos de ejercicio, equipamiento o bienestar genérico, sino en función de su capacidad para contribuir a que las personas vivan más años con salud, autonomía y calidad de vida. La pregunta que sobrevoló toda la intervención fue directa: no se trata de si la longevidad debe formar parte de un centro fitness, sino de si ese centro seguirá siendo relevante si decide quedarse al margen.

Lo más interesante de la ponencia fue cómo aterrizó este concepto, alejándolo tanto del discurso aspiracional como del hype tecnológico. La longevidad se presentó como un espacio de convergencia entre el wellness tradicional (ejercicio, nutrición, gestión del estrés…) y un nuevo universo más científico, donde aparecen biomarcadores, diagnósticos o estrategias de optimización metabólica. Entre ambos extremos, existe una zona intermedia especialmente relevante para el fitness: sueño, recuperación, fuerza, movilidad, hábitos sostenibles o nutrición personalizada. Ahí es donde, en mi opinión, se encuentra la verdadera oportunidad del sector. No en competir con la medicina avanzada, sino en construir propuestas coherentes que mejoren de forma tangible el día a día de las personas.

Sin embargo, la keynote también introdujo un elemento crítico que me parece especialmente pertinente. Se advirtió del riesgo de que la longevidad se convierta en un “salvaje oeste” del wellness, dominado por promesas poco realistas, tecnologías mal entendidas y una narrativa más cercana al marketing que a la evidencia. Durante el congreso, hablando con algunos operadores, esta preocupación aparecía de forma recurrente: existe una tentación clara de invertir en soluciones premium —crioterapia, cámaras hiperbáricas, escáneres avanzados— sin haber construido antes una base sólida de hábitos. La metáfora que se utilizó fue especialmente ilustrativa: no tiene sentido vender un Mercedes a quien todavía no sabe conducir. Traducido al sector, no tiene lógica sofisticar la oferta sin haber enseñado primero a los clientes a moverse mejor, dormir mejor o recuperar mejor.

En este sentido, uno de los mayores aciertos de la intervención fue proponer una hoja de ruta progresiva para los operadores. La longevidad no se planteó como un salto inmediato hacia modelos clínicos o altamente medicalizados, sino como una evolución por niveles. Un primer estadio, accesible para la mayoría de clubes, basado en formación de equipos y programas centrados en fuerza, zona 2, movilidad y educación en hábitos. A partir de ahí, niveles crecientes de complejidad que incorporan alianzas externas, servicios especializados y, en última instancia, integración clínica. El mensaje era claro: no todos los operadores deben convertirse en clínicas, pero sí deben decidir estratégicamente en qué nivel quieren posicionarse y actuar con coherencia.

Otro aspecto relevante fue la segmentación del consumidor. La longevidad no responde a una única narrativa. Las generaciones más jóvenes están introduciendo variables como salud mental, cognición o personalización extrema; los adultos de mediana edad buscan gestionar mejor el estrés y la falta de tiempo; y los perfiles más senior priorizan alargar su healthspan y mantener la autonomía. Este cambio obliga a la industria a revisar su lenguaje. El fitness ya no puede seguir comunicándose exclusivamente en términos de rutinas o resultados físicos, porque el usuario está buscando algo más amplio: energía, equilibrio, prevención y funcionalidad futura.

Finalmente, la keynote Anna Bjurstam dejó una reflexión que considero especialmente valiosa desde un punto de vista estratégico. Frente al protagonismo mediático de la tecnología, se reivindicó una longevidad de bajo coste y alto impacto: caminar más, mejorar el sueño, reforzar la conexión social, trabajar la fuerza o encontrar propósito. Son intervenciones con un retorno enorme y una barrera de entrada mínima. Esto redefine, en cierto modo, la ventaja competitiva del sector: no estará necesariamente en quién tenga la tecnología más avanzada, sino en quién sea capaz de generar adherencia, contexto y cambio de comportamiento real.

Por M. Ángeles de Santiago

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